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La Salvación
freddy


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¿En qué radica el salvar?

«Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él.« (Juan 3:17) ¿En qué radica esa salvación? ¿Salvar de qué? ¿Salvarse del fatídico destino que uno pueda tener? ¿Salvarse de la ley de “causa y efecto”? ¿Librarse de una dolencia, de una enfermedad o de una desgracia? ¿Librarse de la muerte física y espiritual? ¿Salvarse de una condenación en el infierno? ¿Salvarse de los tormentos que vienen al alma cuando abandona el cuerpo? ¿Salvarse de la ira venidera? ¿Salvarse de la vergüenza y confusión perpetua cuando sobrevenga el Fin? ¿Salvarse de la Gran Tribulación?

Si bien, existe una “condenación” y en la otra mano una salvación de esa condenación. No obstante, el concepto de “condenación” parte de lo que se interpreta de lo que dice la Biblia. Con todo, los traductores de las Escrituras han utilizado esta palabra para traducir la hebrea Mishpot y Din, que se refieren a “juicio”, no a condena. Algunos casos hablan de “castigo”, o sea, de la paga por algo malo que se ha hecho. El juicio se entiende como tribunal (Din) o como ejercicio o el ejecutar de la justicia, es decir, dar la paga a quien lo merece, de aquello que le corresponde. De modo que si se habla de “Salvación” hay que definir en qué radica esa salvación.

¿Sufrir o disfrutar?
Podemos ver en las Escrituras que el Señor Jesús ofrece “cobertura” especial y recompensas a los que le sirven, pero en su regreso, mas no los libra de los males ni los peligros presentes, puesto que incluso les avisa que sufrirán persecución, y a muchos matarán. A sus propios discípulos les recordó: «Y vosotros obtendréis la pobreza y la opulencia, la salud y la enfermedad, la debilidad o el vigor, si la pedís.» (Evangelio de Valentín 44:9). El contexto encaja con sus otras palabras, y las experiencias de Pablo, donde los apóstoles sabían que podían usar el poder que les dio para librarse de los males, pero su sufrimiento, en todo caso, les sería transmutado en gloria y galardones, de modo que preferían sufrir en esta vida, y ser recompensados más grande mente en la Resurrección. Los que ya tienen su recompensa, nada tienen por esperar en la próxima vida, a menos que hayan obrado con justicia, pero los apóstoles y profetas deseaban un reconocimiento y bendiciones mayores.

Jesús concientiza de que «en el mundo tendréis aflicción…» (Juan 16:33), vendrá «persecución por causa de la palabra…» (Mat. 13:21), llegarán incluso a aborrecernos y odiarnos (Juan 15:18-19, 1ª 3:13), e incluso matizó a sus seguidores: «guardaos de los hombres, porque os entregarán al Sanedrín, y en sus sinagogas os azotarán.» (Mat. 10:17, Marc. 13:9), y les recordó: «Pero antes de todas estas cosas os echarán mano, y os perseguirán, y os entregarán a las sinagogas y a las cárceles, y seréis llevados ante reyes y ante gobernadores por causa de mi nombre.» (Luc. 21:12 R60). Añade que «os entregarán a tribulación, os matarán…» (Mat. 24:9), «Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán…» (Juan 15:20). Jesús concluyó esta verdad, diciendo: «Seréis odiados por todos por causa de mi nombre; pero el que persevere hasta el fin, este será salvo.» (Mat. 10:22). Así se atestigua lo advertido sobre los últimos tiempos, cuando se cumpla el número de los que “tienen el testimonio”, siendo que dicha palabra proviene del griego “Marturios” (mártires) de Jesús, por el cual han muerto, ya sea al mundo o por mano del mundo (Apoc. 6:9, 12:11, 12:17 y 20:4).

Pero si no nos salva de lo temporal, ¿lo hace de las desgracias? Pablo escribió a su discípulo: «Acuérdate de Jesucristo, del linaje de David, resucitado de los muertos conforme a mi evangelio, en el cual sufro penalidades, hasta prisiones a modo de malhechor; mas la palabra de Dios no está presa. Por tanto, todo lo soporto por amor de los escogidos, para que ellos también obtengan la salvación que es en Cristo Jesús con gloria eterna.» (2ª Tim. 2:8-10) Y le venía concretando: «Tú, pues, sufre penalidades como buen soldado de Jesucristo. Ninguno que milita se enreda en los negocios de la vida, a fin de agradar a aquel que lo tomó por soldado. Y también el que lucha como atleta, no es coronado si no lucha legítimamente.» (2ª Tim. 2:3-5). Algunos tergiversan pasajes para buscar la comodidad de este tiempo y pedir a Jesús cosas materiales, como el caso de Marc. 10:29-30, donde dice: «De cierto os digo que no hay ninguno que haya dejado casa, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o mujer, o hijos, o tierras, por causa de mí y del evangelio, que no reciba cien veces más ahora en este tiempo; casas, hermanos, hermanas, madres, hijos, y tierras, con persecuciones; y en el siglo venidero la vida eterna.» Si bien, como casi siempre, la mayoría no reparar en los detalles, como cuando dice «en este tiempo», hace 2.000 años. Asimismo, muchos se aplican cosas que se decía para personas particulares, como en este caso, donde Jesús hablaba con sus apóstoles, concretamente por lo que Pedro le había reconocido, y que Jesús señala como aspecto que podían recibir, si lo deseaban, conforme a lo que en ese entonces se estaba desarrollando y lo que ellos habían recibido directamente de él.

La muerte y la Resurrección
De manera que, si todo se remite a una salvación futura, no a una temporal, ¿qué es lo que se salva? «…no temáis a los que matan el cuerpo, mas el alma no pueden matar; temed más bien a aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el Gehena.» (Mat. 10:28). Entonces, ¿qué ocurrirá con nosotros al final? Ciertamente le es dado al hombre la muerte, para que tenga una vida para poder cambiar y buscar la salvación, la perfección, al experiencia y el aprendizaje. De otra manera, si fuésemos eternos, ¿qué quita que seamos eternamente crueles o eternamente tiranos? ¿Nunca pagaríamos por lo que hemos hecho? Pero si morimos hemos de resucitar, pues esa es la esperanza que nos ha dado Dios. Esa Resurrección fue lo advertido desde antiguo, al decir que seríamos “levantados”, tomando como referencia de “abajo” el Hades. Jesús dijo a una mujer cananea, refiriéndose a los gentiles: «Vosotros adoráis lo que no sabéis; nosotros adoramos lo que sabemos; porque la salvación viene de los judíos.» (Juan 4:22) ¿Qué salvación es esa que viene de los judíos? ¿En qué consiste esa esperanza? «Varones hermanos, hijos del linaje de Abraham, y los que entre vosotros teméis a Dios, a vosotros es enviada la palabra de esta salvación.» (Hech. 13:26) ¿Esa palabra de salvación es la Biblia? ¿O es acaso el “evangelio” (Buena Notica) que Jesús dijo a sus discípulos que enseñasen? Es el mensaje de ser salvos por Jesús de las transgresiones, para vivir en él, conforme al Espíritu, y, cuando venga el día señalado, seremos resucitados y galardonados por las obras que hallamos hecho.

¿Cuál era el objetivo que los discípulos debían cumplir por mandato de Jesús? Escrito está: «Porque así nos ha mandado el Señor, diciendo: Te he puesto para luz de los gentiles, A fin de que seas para salvación hasta lo último de la tierra.» (Hech. 13:47) Los 12 apóstoles y demás discípulos llevaban el mensaje a los judíos, de que el Reino de los Cielos había llegado de mano de Jesús, testificando todo lo que había hecho y lo que debía hacerse a partir de ahora en Jesucristo. Pablo llevó este mensaje a los de las demás naciones, añadiendo que habrá una sola nación consagrada a dios, y los que acepten a Jesús y vivan en él, entrarán a la misma. Unos y otros esperarían el día en que los muertos sean traídos a la vida y puestos en donde les corresponda. De manera que la salvación que fue prometida al pueblo de Dios, viene ahora a los que no eran de la “casa de Israel”: «Digo, pues: ¿Han tropezado los de Israel para que cayesen? En ninguna manera; pero por su transgresión vino la salvación a los gentiles, para provocarles a celos.» (Rom. 11:11) Así que en la misericordia de Dios está el que todos sus hijos se salven de la “separación” o “distanciamiento” eterno en condenación y más bien que participen de la creación, es decir, del universo con cuerpos inmortales, pero también que sean liberados de sus deudas, de modo que no se vean forzados, por ley, a pagarlas son tormentos.

¿Condenación o Juicio?
«¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque devoráis las casas de las viudas, y como pretexto hacéis largas oraciones; por esto recibiréis un juicio más prolongado.» (Mat. 23:14) Si aún aquellos judíos ortodoxos de ayer o líderes católicos de hoy, están predestinados a un castigo largo, siendo que presumen de ser la “Autoridad de Dios”, ¿cuánto más los que están fuera? No se trata de decir que alguien pertenece a una religión lo que lo vaya a salvar, ya que «No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos.» (Mat. 7:21) ¿Cuál es esa voluntad? Jacobo, el hermano de Jesús, dijo: «Visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones, y guardarse sin mancha del mundo.» (Sant. 1:27) Y Jesús mismo dijo: «Entonces el Rey dirá a los de su derecha: Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis; estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí. Entonces los justos le responderán diciendo: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te sustentamos, o sediento, y te dimos de beber? ¿Y cuándo te vimos forastero, y te recogimos, o desnudo, y te cubrimos? ¿O cuándo te vimos enfermo, o en la cárcel, y vinimos a ti? Y respondiendo el Rey, les dirá: De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis.» (Mat. 25:34-40). De modo que hay que cumplir los mandamientos y hacer obras acordes a la fe.

La palabra griega Krísin, significa “juicio”, aunque la han traducido como “condenación”. Jesús dijo a los religiosos –y no crean que fue a los de antaño únicamente- muy sinceramente: «¡Serpientes, generación de víboras! ¿Cómo escaparéis del juicio del Gehena?» (Mat. 23:33) Jesús no condenó a nadie ni juzgó a nadie, pero fue claro sobre los que tenían la responsabilidad sobre las ovejas, como hoy vemos en el Vaticano: «…Guardaos de los escribas, que gustan de andar con largas ropas, y aman las salutaciones en las plazas, y las primeras sillas en las sinagogas, y los primeros asientos en las cenas; que devoran las casas de las viudas, y por pretexto hacen largas oraciones. Éstos recibirán un juicio más prolongado.» (Mar. 12:38-40) Vemos por tanto que en resumidas cuentas que «éste es el juicio: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Porque todo aquel que hace lo malo, aborrece la luz y no viene a la luz, para que sus obras no sean reprendidas. Mas el que practica la verdad viene a la luz, para que sea manifiesto que sus obras son hechas en Dios.» (Juan 3:19-21)

Jesús dijo: «Verdad, verdad os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a juicio, pues ha pasado de muerte a vidas. Verdad, verdad os digo: Viene el tiempo, y pues ha venido, cuando los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y los que la oyeren tendrán vida. Porque como el Padre tiene vida en sí mismo, así también ha dado al Hijo el tener vida en sí mismo; y también le dio autoridad de hacer juicio, por cuanto es el Hijo del Hombre. No os maravilléis de esto; porque vendrá tiempo cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz; y los que hicieron lo bueno, se presentarán a las Vidas; mas los que hicieron lo malo, se presentarán a Juicio.» (Juan 5:24-29) Habrá vida en Dios para unos y juicio para otros, pero, a diferencia de lo que enseñan las vertientes religiosas, pero, ¿en qué radicará ese “juicio”?

Es una castigo donde cada cual recibe lo que ha sembrado, orientada, claramente, a los pecadores: «Ahora, pues, ningún juicio hay para los que están pecados a Jesús, el Cristo, los que no andan como la carne, esos la boca del Espíritu.» (Rom. 8:1) lo último procede del hebreo «ele laPei», queriendo decir: “esos que andan acorde a lo que sale de la Palabra del Espíritu”. Igualmente tengamos presente que se pagará según lo que pensemos, digamos y hagamos: «Pero sobre todo, hermanos míos, no juréis, ni por el cielo, ni por la tierra, ni por ningún otro juramento; sino que vuestro sí sea sí, y vuestro no sea no, para que no caigáis en juicio.” (Sant. 5:12) Se entiende que este juicio tiene lugar al final de los tiempos: «Y vi a los muertos, grandes y pequeños, de pie ante Dios; y los libros fueron abiertos, y otro libro fue abierto, el cual es el libro de la vida; y fueron juzgados los muertos por las cosas que estaban escritas en los libros, según sus obras. Y el mar entregó los muertos que había en él; y la muerte y el Hades entregaron los muertos que había en ellos; y fueron juzgados cada uno según sus obras. Y la muerte y el Hades fueron lanzados al lago de fuego. Ésta es la muerte segunda. Y el que no se halló inscrito en el libro de la vida fue lanzado al lago de fuego.» (Apoc. 20:12-15).

Castigos reales
Como consta en varias revelaciones, el alma debe pagar por todo lo malo que hace, más si es justo no tendrá mucho que pagar. Jesús expuso a sus discípulos: «Porque yo he venido al mundo para redimir a los pecadores de sus pecados. Y no por los hombres que no han hecho mal ni pecado ninguno.» (Evangelio de Valentín 49:19-20). ¿De qué los salva? De los castigos que las fuerzas de oscuridad ejercen sobre el alma, cuando ésta abandona el cuerpo, como se puede apreciar también en el Apocalipsis de Pedro y el Evangelio de Felipe. El pecado sigue siendo una violación de la Ley, independientemente de si hay Torah o no, o si Jesús trajo la redención. El hacer mal sigue siendo algo malo. Jesús humilló a los principados y autoridades que dominan la materia, los cuales son los dioses de todos los demonios en su colectivo. Todos los demonios son el aspecto antagónico de la creación, las fuerzas que rigen la oscuridad. Ellos dominan el mal, el pecado, las enfermedades, las dolencias, las desgracias, los castigos del infierno y las energías humanas. Jesús les quitó la potestad sobre la muerte, pero no su parte en el ordenamiento cósmico, puesto que ellos están conectados con la materia. Si ellos son destruidos, la materia es destruida, más cuando los astros y sus luceros sean conmovidos y la tierra sea sacudida, la renovación los soltará de su conexión con la naturaleza y serán vencidos definitivamente.

En la cruz, el Señor también nos dio redención definitiva, sin tener que depender de sacrificios de sangre para limpiar nuestras deudas, pues los demonios demandan sangre para materializarse, y al ser dueños del pecado, sólo eximen de lo que les deben di se les da sangre. En Cristo, el que nace en él y vive en él ya no es juzgado por la ley antigua y los demonios no tienen autoridad sobre su alma, a menos de que la persona voluntariamente se aleje del Señor. Los sacrificios se han realizado para pagar por pecados cometidos. Si no le pagaban a los demonios (aunque creyesen que lo hacían a los dioses) entonces sus pecados seguían registrados y habrían de pagarlos uno por uno. Es como deberle al banco: quisieras no tener que verte endeudado, pero tienes que pagarles aunque ellos pertenezcan a los satánicos Rothschild. Vivimos en el mundo y estamos atados a sus parámetros. Si el hombre no pecase, no habría habido necesidad de sacrificios de animales. Los demonios personifican y rigen los males, las desgracias, las enfermedades, la muerte y los suplicios post mortem. Ellos, a cambio de exonerar de deudas han demandado sangre. Ellos quieren sangre porque la necesitan para materializarse.

Hay varios lugares a donde va el alma a pagar sus deudas: «Mas dinos, Señor, ¿qué fuego es más violento, el del infierno o el del mundo? Y el Salvador contestó a María: En verdad te digo que el fuego del infierno es nueve veces más ardiente que el fuego del mundo. Y el fuego de los suplicios del gran caos es nueve veces más ardiente que el del infierno. Y el fuego del tormento de los arjones en el camino del medio es nueve veces más ardiente que el de los suplicios del gran caos. Y el fuego del dragón de las tinieblas exteriores y de los lugares de castigo que hay en él es siete veces más terrible que el fuego de los tormentos de los arjones del medio.» (Evangelio de Valentín 47:15-19). Es a estos “juicio” al que se refieren las Escrituras en lo apartes que mencionan la paga del pecado. Tras pagar lo que han hecho, las almas serán presentadas delante del Juicio final, ya no para pagar cada cosa que han debido al mal, sino para que ahora sean los jueces puestos por dios los que decidan si ese alma accede a la vida o va al Gehenna definitivo. Es decir, las fuerzas de este mundo se cobran lo de este mundo, mas cuando venga el nuevo reino, él exigirá lo suyo para quienes deseen ser parte de su reino o, por el contrario, no tengan parte en él, y por ende, en ningún sitio de la creación.

La salvación en Cristo
Pero si un hombre es justo, ¿sufrirá algo? «Y no habrá en el mundo hombre del todo exento de pecado. Y el Salvador contestó a María: Encontraréis uno entre mil, y dos entre diez mil, por la consumación del misterio del primer misterio.» (Ev. Valentín 50:4-5) Pero quien, habiendo no conocido la rectitud, pero habiéndola cumplido, pasará, al menos levemente, por dichos lugares, pues toda alma debe conocer la Luz en vida: «Y cuando Jesús hubo dicho estas palabras a sus discípulos, María le preguntó: Mi Señor y Salvador, ¿los hombres justos de toda justicia, y en quienes no hay ningún pecado, sufrirán o no los suplicios de que nos hablaste? ¿Será este hombre admitido, o no, en el reino de los cielos? Y el Salvador contestó a María: El hombre justo, del todo perfecto, limpio de pecado, y que no haya recibido ningún misterio de la luz, cuando llegue su hora y salga del mundo, será puesto en poder de los satélites de una gran triple potencia. Y se apoderarán de su alma, y durante tres días recorrerán con ella el mundo, y el tercero la llevarán al caos, para conducirla al lugar de todos los suplicios.» (Ev. Valentín 41:1-4)

Hemos de conocer cómo escapar del castigo, y exhortar a los pecadores, pues según sea su mal, el castigo puede llegar a ser eterno. Existe entonces un llamamiento para una salvación del alma y el espíritu, y por esa regla para el recibimiento de un cuerpo incorruptible en una creación perfecta: «…obteniendo el fin de vuestra fe, que es la salvación de vuestras alma.» (1ª Pe. 1:9) Entendemos que hay una nueva “veste” para nuestra alma, un nuevo cuerpo, mas uno glorificado y no corruptible como el que ahora tenemos, ¿Y cómo se consigue esa salvación y ese nuevo cuerpo divino? Entonces esa salvación viene por confesar a Jesús, aceptarle como Señor, y vivir por él, para él y según él, gracia al Espíritu. Pero, ¿cómo se entiende esto en su contexto, en su sentido elemental y en la práctica?: «…y que desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden hacer sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús.» (2ª Tim. 3:15) Por consiguiente, el conocimiento es el primer paso hacia esa Salvación, seguido de la voluntad para vivir acorde al Espíritu. Vemos en el Antiguo Pacto que IHVH era la salvación de su pueblo, pero en Cristo hay una nueva esperanza, una mayor gloria, una salvación más grandiosa, que Cristo cumple en nombre de IHVH: «Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos.» (Hech. 4:12)

Entonces, ¿los que estaban antes de Jesús fueron castigados? Si vivían en la promesa de Dios, cumpliendo sus mandamientos, eran cautivos en el Hades, pero luego fueron libertados. Aunque no hubiese estado Jesús estaban exentos del juicio y de lo sufrimientos –aquellos, concretamente- pero no podrían ir a la Luz ni resucitar todavía: «la fe de Abraham le fue contada por justicia.» Jesús se ha hecho puente de acceso a la inmortalidad y la restauración física –caminando hacia una evolución espiritual y un cuerpo perfecto-, por lo que escrito está: «Porque la gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres, enseñándonos que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente, aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo, quien se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras.» (Tito 2:11-14)

No descuidar la salvación
Una vez aceptamos que sólo en Cristo hemos de alcanzar dicha salvación para vida eterna, ¿cuáles son esas “buenas obras” en las cuales debemos guardar celo? Fue dicho a los judíos: «¿cómo escaparemos nosotros, si descuidamos una salvación tan grande? La cual, habiendo sido anunciada primeramente por el Señor, nos fue confirmada por los que oyeron, testificando Dios juntamente con ellos, con señales y prodigios y diversos milagros y repartimientos del Espíritu Santo según su voluntad.» (Heb. 2:3-4) Es nacer de nuevo para limpiarnos de los pecados anteriores y para nacer en una vida según Jesús, mantenerse guardando los mandamientos suyos y realizar obras y penitencia. Ese andar debe venir acompañado de acciones para las cuales el obrero será respaldado por poder del cielo, pero debe prepararse todo el tiempo estudiando. Esta obra debe ir guiada por el Espíritu Santo, que es quien debe repartir los dones y facultades a cada hombre y mujer para que así ejerzan su papel dentro del cuerpo de Cristo. Pero es difícil ganarse la salvación si se abandona el ejercicio de la “abstinencia del pecado” y si el hombre “se esconde de su hermano”, es decir, de las necesidades de este, y viviendo únicamente para sí mismo, olvidando el altruismo. La Palabra dice: «Y: Si el justo con dificultad se salva, ¿En dónde aparecerá el impío y el pecador?» (1ª Pe. 4:18).

¿Cuándo llegará esa salvación?
Esperamos en Cristo la resurrección física (a pesar de que no es de esta materia) de quienes hayan perecido en el cuerpo –es decir, están metafóricamente dormidos-, y la resurrección espiritual en los que se hallaban muertos en sus transgresiones; ergo, de la misma forma, los que podamos ver a Cristo –los mismos que no conozcan la muerte física- si viene pronto, tenemos la esperanza en que una vez resucitados del mundo (limpiados del pecado) seamos inmortalizados. Pero esa salvación de la muerte (el distanciamiento que tenemos con Dios y también el castigo del alma) debe llegar en el día del Señor: «Entonces oí una gran voz en el cielo, que decía: Ahora ha venido la salvación, el poder, y el reino de nuestro Dios, y la autoridad de su Cristo; porque ha sido lanzado fuera el acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba delante de nuestro Dios día y noche.» (Apoc. 12:10) Todo esto ha de empezar a dar resultados ahora mismo en la vida de cada uno, y así ganar la vida eterna cuando definitivamente el Enemigo sea neutralizado y destruido.
¿Por qué Dios no se manifiesta a todos los hombres de manera sobrenatural y los cambia?: «…Y el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos.» (Hech. 2:47) Dios no obliga, respeta la libre voluntad de cada uno de sus hijos, y más bien Él ya sabe qué personas han de buscar la salvación y quienes terminarán dentro de los caminos de la rectitud. ¿Esto quiere decir que es el Señor el que determina quienes quiere Él que se salven? Está escrito: «Porque esto es bueno y agradable delante de Dios nuestro Salvador, el cual quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad.» (1ª Tim. 2:3-4) Es decir, de entrada el Señor quiere que todos los hombres vengan a la vida eterna, pero sabe que no todos quieren despertar su conciencia y dejar su vana manera de vivir. ¿Y qué pasa con aquellos que ya el Señor sabe que serán tropiezo o cuyo corazón es negro, y son del Enemigo? ¿O con los de Israel que no debían aceptar al Mesías para que los gentiles recibiesen también la salvación? Jesús habló directamente a sus discípulos: «…A vosotros os es dado saber el misterio del reino de Dios; mas a los que están fuera, por parábolas todas las cosas; para que viendo, vean y no perciban; y oyendo, oigan y no entiendan; para que no se conviertan, y les sean perdonados los pecados.» (Marc. 4:11-12) Ciertamente la salvación del alma fue prometida desde tiempo inmemorial aún en los que no vinieron con Abraham: «Sí, y he aquí, os digo que Abraham no fue el único que supo de estas cosas, sino que hubo muchos, antes de los días de Abraham, que fueron llamados según el orden de Dios, sí, según el orden de su Hijo; y esto con objeto de que se mostrase a los del pueblo, muchos miles de años antes de su venida, que la redención vendría a ellos.» (Helamán 8:18. Libro de Mormón)

¿Qué debemos hacer para conservar la salvación?
«Vosotros sois la luz del mundo; una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder. Ni se enciende una luz y se pone debajo de un almud, sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en casa. Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.» (Mat. 5:14-16) Hemos de predicar con el ejemplo y dando lo que del Señor hemos recibido: palabra de verdad y poder de Dios. Y esto es lo que nos fue enseñado: «Hermanos míos, ¿de qué aprovechará si alguno dice que tiene fe, y no tiene obras? ¿Podrá la fe salvarle? Y si un hermano o una hermana están desnudos, y tienen necesidad del mantenimiento de cada día, y alguno de vosotros les dice: Id en paz, calentaos y saciaos, pero no les dais las cosas que son necesarias para el cuerpo, ¿de qué aprovecha? Así también la fe, si no tiene obras, es muerta en sí misma. Pero alguno dirá: Tú tienes fe, y yo tengo obras. Muéstrame tu fe sin tus obras, y yo te mostraré mi fe por mis obras. Tú crees que Dios es uno; bien haces. También los demonios creen, y tiemblan. ¿Mas quieres saber, hombre vano, que la fe sin obras es muerta?» (Sant. 2:14-20) Aquel que se crea que es salvo o que agrada a Dios pero no hace nada para elevar su condición espiritual, culturizarse, ser verdadero hijo de Dios, ayudar a su prójimo o desarrollar sus dones, no será contado dentro de las ovejas del redil.

Todo se remite a lo que dijo Jesús: «Si me amáis, guardad mis mandamientos.» (Juan 14:15); «Así que, todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos; porque esto es la ley y los profetas.» (Mat. 7:12); «Jesús le dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Éste es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas.» (Mat. 22:37-40)

Por:
Frederick Guttmann R.
frederickguttmann@gmail.com

www.projectmagen.com

_________________
Frederick Guttmann R.

www.youtube.com/FrederickguttmannR
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